El Cántico de bronce

 

Un hombre cedido bajo el esfuerzo trata de levantar hacia el cielo de las piedras para formar una columna; la segunda columna le hace frente, terminada, adornada, punzada delante de un cielo de oriente de los colores de sueño. Las puertas pesadas de bronce se abren y dejan aparecer el Canto de los cantos en la pureza de su texto, en los diálogos radiantes y íntimos entre el amante y la novia, entre Dios y Pueblo de Israel, entre Jerusalén terrestre y Jerusalén celeste.

Las palabras estallan sobre la belleza, el amor carnal, la boca de la amante, lo aceita perfumado que le cubre su cuerpo y su llamada al amante para reunirle. Grabado en el bronce, el texto tres veces milenario de rey Salomón queda siempre nuevo en su extremo exaltación. Ésta es cantada por dos personajes a las formas perfectas. A la derecha la mujer, a la izquierda el hombre, en fuerza plena de su deseo. Acercándose, comprobamos que estos personajes poderosos, que parecen debordarse de su marco de bronce, son totalmente esculpidos en hueco. Es un hueco que forma el pecho lleno de la mujer; un hueco que forma la musculatura del hombre, sus cabezas, sus bocas, sus ojos. Milagro de la escultura, milagro de la ilusión óptica, que permite ver volúmenes allí dónde el escultor juega con la luz para ofrecernos el sueño extremo. Todo esto sólo subraya la inmaterialidad y la intemporalidad del Cántico. Esta obra está como el coronamiento de doce años de trabajo inventivo, siempre renovado, siempre en progreso, de Michel LEVY….

León ABRAMOWICZ

L’ Arche

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